Capital, Riesgo y Ballenas

El financiamiento desde Moby Dick hasta Facebook

Capital, Riesgo y Ballenas por Cristóbal Díaz Olivares, Fondo Alerce VC


En mi columna anterior “Consejos para levantar capital en Chile” escribí un par de sugerencias para emprendedores buscando Capital de Riesgo, pero ¿Qué es el Capital de Riesgo?
Del inglés “Venture Capital”, es la administración profesional de patrimonio en empresas de alto potencial o “Startups”. En chileno, intermediar capital entre fondos públicos/privados (Empresas, Family Offices, Gobierno) y proyectos muy riesgosos.
Los inversionistas de Capital de Riesgo (o Fondos de Venture Capital) invierten en empresas que muchas veces aún no tienen clientes o un producto para vender; que están lejos de los números azules; que buscan entrar a Mercados con grandes competidores establecidos o más difícil aún, en Mercados que aún no existen. Todo lo anterior, con equipos incompletos, sin activos tangibles y recursos que brillan por su ausencia. La situación perfecta para pedir préstamos en Bancos, ¿o no?
¿Empresas riesgosas? Si, muy. Pero con un potencial de retorno enorme.


La Historia del Capital de Riesgo

El Capital de Riesgo tiene sus orígenes en los barcos balleneros del siglo XVIII (dieciocho, para los que no leen romano), en USA, donde grupos de inversionistas “de tierra firme” se reunían para financiar las exploraciones marítimas y la caza de ballenas, atraídos por el alto valor del aceite que se podía extraer de éstas.

Lo interesante es que la ausencia de conocimientos sobre mareas y arpones, por un lado, y los problemas para comunicar su “plan de negocio” o como llegar a estos ricos terratenientes por parte de los capitanes, evolucionó con la aparición de intermediarios especializados y contactados en ambos mundos, llamados “Agentes Balleneros”. Estos realizaban dos tareas principales: primero, decidir qué empresas marítimas se deberían financiar según las probabilidades de éxito y en segundo lugar, firmar acuerdos entre inversionistas, capitanes y la tripulación, para repartir el botín, en caso de que la empresa fuese exitosa.

Los Agentes Balleneros determinaban la probabilidad de éxito de los distintos proyectos considerando varios factores; el historial pasado del Capitán, sus años de tripulante bajo el mando de otros capitanes exitosos; la calidad de su tripulación y de su nave; y la ruta a seguir propuesta para encontrar y cazar a los animales más grandes que jamás hayan existido.

Estas empresas eran tan riesgosas, que según los registros de la época (la gracia de los gringos de tener datos para todo), recopilados en “History of the American Whale Fishery” de 1878, menos de dos tercios no lograban recuperar la inversión y un 30% de los barcos nunca regresaba. La duración promedio de estas expediciones era de tres años y medio. Una de las rutas más comunes era desde la costa este de Estados Unidos hasta las costas de Japón, pasando por Cabo de Hornos y luego la misma ruta de vuelta. En toda esta travesía existían múltiples razones para fracasar entre ellas tormentas marinas, la presencia de piratas, rutas mal planificadas, provisiones insuficientes, motines de la tripulación y especialmente la sobreexplotación en la caza de ballenas, problema que nos persigue hasta el día de hoy.

La novela de Moby Dick, que relata la travesía del capitán Ahab y su barco ballenero Pequod en la caza de un grancachalote blanco en el océano Pacífico, es quizás el mejor reflejo de lo que fueron estas peligrosas travesías tanto para navegantes como inversionistas quienes, mirando el horizonte, esperaban una cómoda jubilación que nunca llegaría.

Eso sí, cuando los balleneros lograban con éxito retornar a puerto, con toneladas del preciado aceite de ballena, la riqueza generada era abundante.
Tal era la ganancia generada, que compensaba las pérdidas de todas las otras expediciones fallidas, y con creces.

Este modelo de financiamiento a través de intermediarios, en donde un Fondo que apuesta por varios proyectos riesgosos, con la esperanza de que uno se convierta en “golazo”, fue mutando y desarrollándose en nuevas áreas industriales más ambiciosas (y menos fiscalizadas por Greenpeace), cambiando los riesgos de tormentas y piratas por los riesgos de tecnologías y mercado, financiado proyectos como el desarrollo de vacunas, robots, hamburguesas de carne “artificial” y empresas tan grandes y exitosas como Amazon y Google. Eso sí, manteniéndose fiel a su estilo de apostar por en grandes, asumiendo riesgos y fracasos de por medio.

¿Qué tan cierto es todo eso? Bueno, datos de los mejores Fondos de Capital de Riesgo en USA, para variar el país más desarrollado en este tema, muestran que más de la mitad de los retornos de estos fondos se explican con solo el 6% de los proyectos apoyados, y que del total, más del 60% fueron rotundos fracasos. En cambio, un 5% de éstas multiplicó diez o más veces su valor.

Un ejemplo concreto: en 2004, Peter Thiel uno de los cofundadores de PayPal, fue el primer inversionista profesional en invertir 500.000 dólares en un nuevo proyecto de “redes sociales” llamado Facebook. 15 años después, el valor de su inversión se había multiplicado por 140.000 veces, es decir casi 70 billones de dólares, un poco menos que el PIB de Uruguay.
Igualito al rendimiento de mis Fondos Mutuos 😒.


¿Qué hace un inversionista de riesgo?

Un buen inversionista de riesgo, es decir el agente intermediario, además de actuar como un puente entre el capital de unos y los proyectos de otros, define una estrategia de inversión para el Fondo (donde detalla el tipo de tecnología, nivel de madurez de la empresa y las zonas geográficas); busca constantemente los mejores proyectos para invertir acorde a su estrategia; establece cláusulas y contratos para proteger los intereses de los inversionistas; crea valor a las empresas ya invertidas en el Fondo a través de su experiencia y contactos, pero sobretodo alinea sus intereses con los intereses de los dueños del capital al establecer su “premio”, como resultado del éxito total del Fondo.

¿Y cómo andamos por casa?

Planta Ballenera Quintay con Balleneros de fondo, año 1945

Chile es un país donde aún no se asumen ni valoran los fracasos como parte necesaria del juego de Capital de Riesgo, y donde la mayoría de sus capitanes de emprendimientos, agentes intermediarios e inversionistas todavía juegan a nivel amateur. Pero estoy seguro de que en sus aguas hay ballenas, porque las he visto, y no soy el único.

Al igual que la industria ballenera durante el siglo pasado, la industria del Capital de Riesgo en Chile está viviendo un boom el cual se puede explicar por emprendimientos más atractivos e inversionistas más atrevidos, y los datos lo avalan: según LAVCA, en 2019 se invirtieron $63 millones de dólares en Capital de Riesgo, lo que representa un crecimiento del 30% en comparación con el 2018. Eso sí, aún estamos lejos de otras potencias latinoamericanas como Brasil y México.

Por último, si estás planeando una expedición y buscas capital, permíteme darte dos consejos:

1. Los Fondos de Venture Capital, conscientes de los riesgos, están constantemente apostando por Ballenas. No les presentes tu plan para pescar Bacalao.
2. Que los Fondos estén dispuestos a tomar grandes riesgos no implica que financien tu aventura si ellos ven agujeros en tu barco o rutas de ciclones y piratas.

Nota: Esta columna no es una recomendación de inversión específica y menos un llamado a la caza de ballenas

Escrito originalmente en Medium

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